lunes, 18 de julio de 2016

OSCUROS Y MARAVILLOSOS

Artículo publicado por J. Albacete en EL OBSERVATORIO de la revista Foros XXI (Julio 2016)

J. Albacete

Con esos términos define Sergio Chejfec los libros de Carlos Ríos, el prodigioso escritor argentino que hace por fin su entrada en España de la mano de Contrabando

 A veces no resulta fácil explicar por qué determinados escritores esenciales de nuestra lengua tardan tanto tiempo en entrar en el mercado español. La verdadera respuesta debe estar en el viento, como diría Bob Dylan, porque ateniéndonos a criterios puramente terrenales no cabe sino preguntarse si la industria editorial española se ha hecho ya tan "conservadora" que  no está dispuesta a jugarse el tipo por ningún escritor que no figure de antemano en el casillero de "suficientemente comercial". 

El caso de Carlos Ríos es como mínimo sorprendente porque sus libros despiertan verdadero interés en Argentina (¿quizá el mercado literario más avanzado de nuestra lengua?) desde hace muchos años, mientras sigue siendo un auténtico desconocido en España. Quizá el motivo para ello no sea otro que el que se deriva de  esas dos palabras elegidas por Sergio Chejfec para definir los libros de Carlos Ríos: ese "oscuros y maravillosos", que despiertan sin duda una atracción salvaje sobre el lector menos adocenado, mientras que siembran el pánico sobre aquellos que exigen a la lectura simplicidad, comprensión y evidencia, que el texto no les rete, ni les interrogue, ni les conduzca a territorios ignotos, y sobre todo que no les obligue a pensar.

Por todo ello no cabe sino saludar la iniciativa de Ediciones Contrabando de comenzar a introducir en el mercado español a un autor que, sin duda, está llamado a ser un referente literario en muy poco tiempo.
El libro publicado incluye dos textos muy diferentes, pero que acaban configurando un interesantísimo díptico que ilustra bien el peculiar sistema narrativo de Carlos Ríos, escritor "de la Costa", nacido en Santa Teresita (Buenos Aires, Argentina) en 1971, autor de numerosos libros de poesía y también de novelas y relatos, que residió varios años en México antes de volver a su país, donde, entre otras cosas, integra el consejo editor de la publicación digital BazarAmericano.com y coordina talleres de literatura en cárceles bonaerenses.

El primer ingrediente del libro es Manigua (2009), novela de apenas 60 páginas, y verdadero hit del autor. Como afirmaba el gran crítico Oliveiro Coelho, en Los Inkorruptibles, "Cada tanto aparecen novelas que rompen silenciosamente con algunas convenciones narrativas, sin subrayar su propio experimentalismo ni escenificarlo en un ámbito que no sea el esctrictamente literario. Manigua tiene la cualidad extraña de ciertos relatos cuya singularidad radica en la naturaleza -o en la ausencia de artificio- con la que presentan el acto de narrar".
Situada en un tiempo impreciso (un presente ambiguo o un futuro indefinible) y en un lugar indeterminado (África es el escenario más plausible), Manigua relata un viaje iniciático destinado a cumplir un inexorable mandato paterno: Apolon debe conseguir una vaca para sacrificarla en el nacimiento de su enésimo hermano o morirá de sed atado a un palo. En un plano paralelo, la novela se hace eco del diálogo de Apolon con su hermano, ya gravemente enfermo y a las puertas de la muerte, sobre las vicisitudes de aquel viaje increíble, que discurre entre pavorosas guerras de clanes, epidemias de peste, hambrunas y saqueos, atravesando desiertos o en una ciudad de plástico y cartón.
"Con su concentrado lirismo y su brevedad -dice Gabriela Cabezón en la Revista Ñ-   Manigua se anima a mucho: desarrolla una hipótesis poética del apocalipsis, de los últimos desastres, de la desintegración de la cultura en un mundo posatómico, analfabeto, que ha vuelto a la oralidad y a los mitos propios de la prehistoria, como si la cultura se cerrara volviendo a los orígenes. Y genera imágenes de desoladora belleza, en las que conviven basurales con mandatos tribales y tecnología de punta con guerra de clanes".
La novela discurre a la vez sobre un suelo mítico y una esfera de absoluta cotidianidad, remite a viejos imperativos tribales y a modernas migraciones cataclísmicas, integra usos y costumbres ancestrales con la aparición de móviles o artefactos hospitalarios actuales. Disuelve e integra el tiempo, formando un espacio narrativo único en que pasado, presente y futuro diluyen sus excluyentes fronteras. Y comprime asimismo el espacio a un territorio tan ignoto como reconocible.
Escrita de forma fragmentaria, como si se tratase de un diario poético, Manigua como reflexión sobre la disolución, sobre la aniquilación, "nos brinda un lugar desde donde pensar el mundo".

Un extenso y extraño relato del año 2012 (El artista sanitario) completa este extraordinario díptico con el que Carlos Ríos hace su irrupción literaria en España, de la mano de Ediciones Contrabando. 

sábado, 18 de junio de 2016

PRÓLOGO DE SERGIO CHEJFEC PARA "MANIGUA - EL ARTISTA SANITARIO" DE CARLOS RÍOS

Prólogo
Sergio Chejfec


Si basado en los rasgos de su escritura uno jugara a asignar oficios a los escritores, a Carlos Ríos le cabría el de relojero. Aun cuando sea un trabajo en desuso, más bien precisamente por eso, la baja población del oficio no habla tanto de una tarea asumida por pocos como de esa condición fuera del tiempo normal, ensimismada, que se adivina en quien se vuelca hacia adelante por el peso de su monóculo. Voy a tratar de explicar brevemente este símil que encuentro entre Ríos y los relojeros. En primer lugar, sus textos son acotados aparatos de precisión. Cuando digo aparatos no quiero sugerir que sirven para algo más que para ser leídos, y sin embargo funcionan como si fueran imprescindibles para dar forma a aquello que recogen de alguna dimensión de la realidad y que hasta ese momento no se veía --y por lo tanto, uno cree, estaba y no estaba--. ¿Cómo funcionan esos artefactos? Según sus propias reglas: un mecanismo de mención de las acciones, unas contiguas a las otras organizan así un cuadro funcional, al igual que esas máquinas cuya utilidad no se pone enseguida de manifiesto, como los juguetes. En segundo lugar, así como un relojero no relata el tiempo sino que asigna esa tarea a su creación, Ríos no cuenta directamente lo que sus relatos describen sino que se pone un poco por encima de ellos, como si de otro modo corrieran el riesgo de tornarse falibles. Ríos ve el cuadrante (la página), las agujas (los personajes), las marcas de las horas (lo contingente) y decide mencionar lo que ocurre antes que prestarle alguna voz. Luego se asoma a la parte de atrás, el llamado mecanismo, y lo regula de modo que funcione con parsimonia, a una misma velocidad, siempre.
Carlos Ríos
En tercer lugar, las historias de Ríos parecen pertenecer a un tiempo profano imposible de conjugar en pretérito, presente o futuro. Tienen un aliento del pasado, tal como es propio de todo reloj atribuirse un mismo funcionamiento inmemorial aun cuando sea recién fabricado. Imagino la voluntad de Ríos como la de una deidad sin nombre que actúa a favor de la sincronización, de las tragedias sublimadas por la simultaneidad, del continuo presente que nos convierte en sísifos de aquel otro reloj --el de la prolija y cruel historia--, que ha dejado de socorrernos y en donde se resumen como una letanía todos y cada uno de los dramas del pasado.


martes, 3 de mayo de 2016

Entrevista a Jesús Zomeño por Ginés J. Vera

Entrevista de Ginés Vera a Jesús Zomeño publicada en el blog "Maleta de libros"2 de mayo de 2016


Este año de celebraciones literarias recalo en un autor que acaba de publicar un libro de relatos con un tema de fondo no de celebración, pero si de reflexión al cumplirse un siglo del final de la Primera Guerra Mundial. En "De este pan y de esta guerra" (Contrabando, 2016) no hay relatos de guerra propiamente dichos, como el propio autor nos desvela. Destaco también otra curiosidad. El libro incluye ilustraciones del vallisoletano Fernando Fuentes (Miracoloso) quien (y he aquí lo curioso) ha ilustrado, entre otras obras, una titulada ‘Duelos y quebrantos’ que ineludiblemente me ha evocado otra de los conmemoraciones de este 2016, el del fallecimiento de Miguel de Cervantes. A continuación la entrevista que tan amablemente me concedió Jesús Zomeño, agradecido.

Siendo un especialista en la Primera Guerra Mundial y un coleccionista de objetos de aquella época, según leo en el prólogo, la cita con la literatura era más que obligada en este 2016 cuando se cumple un siglo de aquella contienda.

En 1916 es cuando se producen las dos batallas más sangrientas y absurdas, la de Verdún y la del Somme. También es cuando los soldados pierden el orgullo y esconden la cabeza en los cascos de acero. Comenzaron la guerra con sus gorros ligeros, pero en 1916 se generaliza el uso de los cascos. El soldado aceptaba su condición de máquina, la guerra pierde su ideal y el hombre muestra que tiene miedo. 

Me han llamado la atención los dibujos que acompañan a los relatos, de Miracoloso, en blanco y negro para reflejar, cuando no remitirnos a la dureza de esa Primera Guerra Mundial

Mi cita con Fernando Fuentes (Miracoloso) era algo que dependía más del destino que de la lógica. Tenemos mucho en común, la primera vez que hablé con él fue hace más de quine años, no nos conocíamos pero lo llamé por teléfono y estuvimos más de una hora hablando. Sus ilustraciones tienen mucha fuerza y son inquietantes, como si se dirigieran directamente al espectador para advertirle de un mal. Personajes siniestros que advierten de que se han convertido en siniestros por la guerra.

También, y aquí leo en la nota preliminar, que estos relatos tienen cierta relación con una obra suya publicada en 2014, no tanto como continuación sino más bien como antecedente de aquella.

Si, en el año 2014 publiqué “Piedras negras” (Editorial Lengua de Trapo). Para ese libro comencé algunos relatos que entonces me resultaron demasiado ambiciosos, historias que no supe explicar y que quedaron tiradas por los archivos del ordenador, sin acabarlas. Por eso digo que necesité escribir un libro entero (“Piedras negras”) para poder escribir luego estos relatos. El primer libro me ayudo a madurar y sintetizar lo que de verdad quería expresar en relatos como “Dos dientes de oro” En este cuento quería expresar cómo la mezcla de ignorancia, imaginación y optimismo se podían abrir paso en la guerra. Presenté al personaje y lo definí en el año 2006, pero no podía imaginar cómo terminaba su historia. En el año 2014 volví al personaje, primero lo distancié del lector y lo convertí en grotesco sin restarle ingenuidad, por eso lo hice cazador de ratas en las trincheras; luego lo empujé un poco más y lo dejé sonriendo en la mayor de las fatalidades, camino de Auschwitz en la Segunda Guerra Mundial.

Si hay una voz narrativa que predomina en estos relatos es la de la primera persona, la del narrador que cuenta casi a modo de diario, mostrando una realidad intimista a pesar de que según el protagonista de ‘El urinario’, ‘Las personas cuidamos nuestra intimidad con demasiado esfuerzo’.

En el fondo son retratos psicológicos, reflexiones acerca de cómo resistir la guerra y cómo ésta termina afectándonos. Por eso el contenido puede universalizarse ¿Cómo resistimos la adversidad? Terminamos afrontando la crisis económica, la enfermedad, la vejez... ¿cómo lo hacemos? Supongo que en estos relatos y en el anterior libro “Piedras negras” busqué la respuesta.

Coméntenos esa frase del protagonista de ‘Una ciudad en la India’ al afirmar que ‘solo la belleza nos redime y a ello nos aferramos por encima de todo. (…) para que nos distraiga del horror que vivimos’.

Es un mecanismo de defensa. El relato trata de un soldado que hace lo que tiene que hacer, cumple con su deber, mientras piensa en otra cosa. El soldado tamiza toda la crudeza de un ataque enemigo, busca en todo momento camuflar el horror con la belleza, sustituir un hecho por un recuerdo hermoso, para superar lo que no podría soportar sin esa imaginación. Aquella ciudad de la India en la que piensa es como la Itaca de Kavafis, pero en este caso el viaje es el horror y la referencia del destino final, Itaca, sospechamos que es inalcanzable.

A pesar de ese horror he querido ver en los protagonistas de estas historias cierta gratitud, acaso cierta aceptación del destino; en ‘Después del ataque’ el protagonista dice: ‘Acepto la fatalidad como los soldados cuando suena el silbato y saltan fuera de la trinchera’.

Si, supongo que después del horror desarrollan sus mecanismos de defensa y luego, al final, se trivializa todo por la costumbre y surge la normalidad y el optimismo. Me gusta creer que el ser humano es optimista por naturaleza. En el relato “El urinario” el empleado de un urinario se lleva consigo a la guerra el plato de las propinas porque siempre espera “de la vida recoger algo por lo que estar agradecido”. A pesar de lo vergonzoso que pudiera parecer su trabajo, el lo describe con elegancia y afecto hacia sus clientes, por eso se lleva el plato de las propinas, porque más allá de su urinario en Dublín él espera siempre que la vida le siga dando propinas, esté donde esté.

Hay una buena dosis de metaforización, de costumbrismo más allá de la primera impresión para quien crean que son relatos bélicos o sobre la guerra, pues hay más de supervivencia, de melancolía vital, cierta nostalgia del tiempo o tiempo de nostalgias.

Los personajes del libro son víctimas de las circunstancias, víctimas de la historia que otros escriben y ellos simplemente sobreviven, con sufrimiento, artificio y optimismo. La guerra de trincheras les ha demostrado que su vida no tiene valor y ellos lo han aceptado, pero lo aceptan renunciando a las cosas importantes y sustituyéndolas por otras cosas sencillas que para ellos empiezan a ser más importantes. Así, el soldado que se relaja viviendo en una escalera, donde no sufre ni tiene miedo, sube o baja sin miedo a equivocarse porque puede volver a subir o volver a bajar; por eso decide pasar su semana de permiso en la escalera de un edificio abandonado, no quiere nada más para estar tranquilo y ser feliz. El personaje de la escalera, se ha convertido en un hombre que renuncia a su historia, a volver a casa, donde podrían pasar muchas cosas, y se conforma con la calma y el equilibrio mental después de todo lo que ha vivido.

Por encima de la ficción, la columna vertebral de verosimilitud es esa Primera Guerra Mundial, aunque también se asoman otras pinceladas de veracidad al nombrarse el atentado de Sarajevo, el hundimiento del Titánic o a ese pintor austriaco sin talento llamado Adolf Hitler.

Las referencias históricas que hacen los personajes suelen tener un carácter simbólico y triste, porque mis personajes son antihéroes. En el relato “Naranjas” el protagonista es un soldado que está en la trinchera y recuerda que su amada se suicidó el mismo día del atentado de Sarajevo y reflexiona: “Pobre Sophie, su muerte no tuvo tanta trascendencia”. La referencia a Hitler es el efecto mariposa, un coche que pasa y unos niños que humillan a un hombre y eso le hará perder el valor y desencadenará años después la tragedia más terrible del siglo XX.

La literatura se nutre de literatura, más allá de ese personaje en ‘Central Line’ al que le gustaban los relatos del ‘Strand Magazine’, si se nombran a grandes escritores como a Victor Hugo, Dostoievski o Dickens. ¿Otro guiño de la presencia inexcusable de la literatura hasta en tiempos tan oscuros?

Constantemente se mezcla la realidad y la ficción. Creo que mis personajes saben que ellos mismos son criaturas literarias y juegan con esa ambigüedad. Por eso, cuando los personajes hablan de la ficción, están hablando de algo que es igual de real que ellos. Para sobrevivir no importa ser mentira. En el fondo, la guerra resulta increíble para los soldados y terminan inventando argumentos para sí mismos. De todas formas, mis personajes no son intelectuales, más bien al contrario, muestran su devoción y todo su asombro, por ejemplo, con un abrelatas. Como explica el personaje: “Nadie hubiera imaginado que en la guerra ocurrirían estas cosas, que la mayor preocupación fuese un abrelatas, pero ahora me doy cuenta de que la guerra está plagada de cosas insignificantes y absurdas”.



jueves, 25 de febrero de 2016

“DE ESTE PAN Y DE ESTA GUERRA” DE JESÚS ZOMEÑO, POR FRANCISCO GÓMEZ

Publicado el 13 de febrero de 2016 en el blog Frutos del tiempo.

La trilogía de la Gran Guerra, según Jesús Zomeño. 100 años nos contemplan
DeEstePan-web“Me atrevo a decir que “De este pan y de esta guerra” es el libro más acabado de Jesús, el más unitario, y el que más a fondo y mejor introduce al lector, si se me permite el neologismo, en el universo zomeñesco. Es también su libro más personal. Un asombroso examen de conciencia de un autor que no deja de explorarse. Resumiendo les diría que estamos ante un libro de una intensidad tan directa e inmediata que se diría casi física”. Así habla Juan Lozano, prologuista de la última obra del escritor y poeta, Jesús Zomeño sobre el principio originario de una trilogía de obras ambientadas en la Primera Guerra Mundial, hace ya 100 años, cuando esta guerra es el escenario para presentar el retablo de la condición humana que nos plantea el escritor en las entregas “Cerillas Mojadas”, “Piedras Negras” y ahora “De este pan y de esta guerra”, editada por Contrabando de Valencia.
    El acto se celebró en la tarde del 11 de febrero en la librería amiga de Ali-i-Truc con presencia del editor, Manuel Turégano, y el presentador de la obra, el poeta Javier Cebrián y el propio autor, Jesús Zomeno (Alcaraz-1964) con nutrida presencia de público, entre ellas la edil de Cultura del Ayuntamiento de la “city” de Elche, Patricia Maciá. Hay que reconocer que Jesús Zomeño tiene tirón entre unos lectores que ha consolidado. Más aún, me atrevo a asegurar (no es la primera vez que lo hago) que será uno de los escritores que viven y escriben en Elche que quedará en la historia de la literatura no sólo local. Muchos caerán por los desagües del olvido, pero Jesús Zomeño no. Al tiempo.
El editor de Contrabando, Manuel Turégano, que dirige una nueva editorial valenciana desde 2013 declaró su “amor, cariño y vicio por la literatura. Siempre he sufrido el “mal de Montano”, el mal de la literatura”. Zomeño reúne el perfil del “contrabandista”. Me convertí en un devoto más de sus relatos. Por su concisión y exactitud con una prosa cruda y aire poético concentrado. Es un escritor con mayúsculas, venda más o venda menos”.
El presentador del libro, Javier Cebrián apuntó que Jesús Zomeño fue su primer editor. “Siempre lo he conocido como poeta y narrador. Jesús es peculiar y con sus relatos y poemas se ve”.
Cebrián, buen conocedor de la obra de Zomeño, subrayó que estamos ante el tercer libro de la trilogía de la guerra del universo de Jesús, “pero éste es el originario. El más acabado, personal, el más unitario. Lo importante de este libro no es la guerra. Es una auscultación de la condición humana. Puede convertir en parodia, en grotesco el sufrimiento, el miedo, la muerte cuando el hombre intenta sobrevivir. Jesús nos cuenta, nos introduce en la historia. Parece que él haya estado en las trincheras.
El poeta destacó que tiene un grupo de 10 ó 12 relatos “magistrales. Lo menos importante es la guerra. Detalla la condición humana; heroica por su cobardía y el menosprecio por la vida del otro. Además de conmover, nos perturba”.
Que hable por fin el protagonista, el autor de “De este pan y de esta guerra”. Zomeño desvela algunas claves: “es un libro a mitad de camino entre la prosa y la lírica. La guerra no es la protagonista pero es fuente de optimismo porque los personajes siguen adelante.  El ser humano siempre crea un mecanismo de defensa frente a lo que ve, lo que siente, lo que le sucede. He dado un paso dentro de ese heroísmo y la guerra se convierte en un mecanismo de defensa, también con su voz irónica.
El autor de “Lengua azul” leyó algunos pasajes de los relatos de su nuevo libro, con ilustraciones de Miracoloso como “El urinario” (Dublín, 1916), año crucial de la Gran Guerra, “El queso” o “La escalera”, una de las historias que más le costó escribir, como él mismo reconoció.
Leer a Jesús Zomeño es la aventura al conocimiento del interior del ser humano y sus mecanismos de defensa frente a la adversidad, el desaliento, la soledad, la incertidumbre y la muerte, condimentado con las dosis de optimismo de sus personajes que quieren salir adelante en este oficio de vivir.

jueves, 11 de febrero de 2016

"LA DÉBIL MENTAL"


Manuel Turégano

En su segunda novela, la escritora argentina radicaliza su propuesta narrativa, olvidándose del mercado y apostando por la literatura con mucho valor


Esta es la segunda vez que me ocupo de Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977), uno de los valores más prometedores no solo de la literatura argentina, sino de la literatura con mayúsculas. La primera vez fue hace dos años, tras la publicación en España de Matate, amor (Lengua de Trapo, 2012), una novela cuya intensidad narrativa y empuje poético dejaban al lector sin aliento, anonadado, como si hubiera sufrido un inesperado y violento crochet en el mentón. Desde la primera escena (con esa madre que cuchillo en mano acecha al marido y al hijo tras unos arbustos), se nos prepara para escuchar la voz atormentada, insaciable e imperiosa del deseo, ese fuego oscuro y devastador que se muestra aquí, no en su versión algodonosa y edulcorada, tampoco en la zombi o vampiresca, sino como un carbón encendido que busca sólo lo extremo: posesión o aniquilación, locura o muerte. Con un lenguaje denso, hiriente, sin ninguna concesión, Harwicz desplegaba un territorio familiar, pero lo habitaba con fieras. Lo salvaje definía el contexto y adensaba la trama. Ariana apostaba por llevar las cosas al límite, porque el empuje del verdadero deseo es ilimitado.
Con aquella novela, Ariana Harwicz acotó ya un terreno narrativo propio, inhóspito pero esencial. Y dejó abierto un interrogante: en un mundo en el que la literatura es cada vez más conservadora, arriesga menos, huye despavorida de las tentaciones vanguardistas y busca, antes que nada, complacer y deleitar al lector (aunque sea con un gran drama, incluso mejor con un gran drama que con una divertida comedia), en un mundo así, ¿qué rumbo cabía esperar de una autora que había emergido a la vida literaria como una autista frente a las demandas de ese público, como una kamikaze, que en vez de mimarlo y arrullarlo, se lanzaba directa a morderle en la yugular? ¿Sería tan suicida de enfrentarse a las sacrosantas demandas del mercado editorial? ¿O, después de un lanzamiento "radical", comme il faut, replegaría velas y volvería, cabizbaja, a la "normalidad"?
La respuesta no se ha hecho esperar, y ha sido tan rápida como fulminante. En vez de adocenarse y bajar el listón, en su segunda novela, La débil mental (Mardulce, 2015), Ariana Harwicz radicaliza aún más su propuesta estética, añadiendo una dosis suplementaria de intensidad, poesía, fragmentariedad, pasión, lucidez y locura, hasta destilar un texto de una densidad casi insoportable. Un texto que no alcanza siquiera las cien páginas, con unos generosos espacios en blanco entre fragmento y fragmento, para que el lector pueda respirar, y en el que se dilucida una relación "casi animal" entre una madre y una hija, que muy poco o nada tiene que ver con lo que la tradición ha escrito sobre una "relación filial".
Madre e hija, poseídas por un idéntico e insaciable deseo, pugnan a lo largo de estas escasas páginas por construir/destruir una relación imposible, en la que una y otra están unidas por un cordón umbilical, un vínculo en carne viva en el que la sangre circula en ambas direcciones, porque como afirma la madre en un momento de su delirio: “Yo te parí, pero vos me podrías haber parido igual”. Una relación de amor/odio, de una intensidad insufrible, en la que madre e  hija comparten y se disputan el placer, los hombres, el whisky, los juegos, las amarguras y la desazón. Dos seres explosivos, ajenos a todo orden social y sentimental, que muestran a través de destellos luminosos e hirientes la voz de sus conciencias desgarradas, voces que a veces ni siquiera podemos distinguir, pues no sabemos con certeza quién habla, si la madre o la hija.
"Madre e hija -dice Isaac Rosa en Babelia- viven en una montaña rusa que por abajo toca el infierno y por arriba la tormenta, mediante rápidas estampas y desgarros de memoria, todo narrado en un tono febril, borroso, como una borrachera".
Como ya ocurriera en Matate, amor, no se trata tanto de mujeres perdidas en la locura (lo que podría ser incluso consolador para el lector), sino de seres acorralados, desquiciados,  heridos, con heridas tan profundas que nunca se sabe si van a responder con un beso o una cuchillada. Seres que viven la maternidad o la infancia como abismos inconmensurables en lo que se despeñan sin remedio ni solución.

Quizá para entender mejor qué hay en verdad en el sótano de la narrativa de Ariana Harwicz sea interesante traer a colación su respuesta a una entrevista hecha en 2013 por Fernando Blanco, con motivo de la publicación de un texto inclasificable, escrito por Ariana en colaboración con Sol Pérez: Tan intertextual que te desmayás (Ediciones Contrabando, 2013). A la pregunta: No debemos, si nuestra pretensión es la de seguir perteneciendo al honorable sector de las personas serias, pasar por alto la cuestión del vampirismo: “mi deseo por vos me ahoga, me acecha, necesito tu sangre”. ¿Es el artista por extensión un vampiro que clava sus colmillos en la garganta de aquello que sin saber muy bien en qué consiste denominamos realidad? Ariana responde:
"El arte está hecho de vampiros y la pasión amorosa no existe por fuera del canibalismo. El cuerpo humano está mal hecho, sin lugar a dudas es un error de cálculo, de concepción o alguien se distrajo en el corte final. Uno debería poder comerse una y otra vez al objeto de su pasión y que el cuerpo vuelva a regenerarse para poder volver a ser deglutido. Eso de “hacer el amor” o del sexo es una migaja, un consuelo, al lado de lo que el dramaturgo creador debería habernos ofrecido en el menú de lo humano. Lo mismo con el arte. Morder, desgarrar, hincar, devorarse, sí, todo eso. Clavar los colmillos en la realidad o en el objeto de estudio que sea con el que trabaja el autor. La realidad me parece un plano más de entre tantos otros".
No es sino desde una concepción así del deseo, del amor, de la realidad, de lo humano, que uno puede acercarse a la obra de Ariana Harwicz. Una obra perturbadora, inquietante, que bebe de las mejores tradiciones (Virginia Wolf, Sylvia Plath, Jelinek...) y que se nos presenta ante los ojos con un vigor y una originalidad aterradores.

La débil mental se ha publicado en España de la mano de la editorial argentina Mardulce, un joven sello independiente, que de este modo desembarca en nuestro país, realizando así el viaje inverso al habitual (hasta ahora lo "normal" es que las editoriales españolas desembarcaran en Argentina). En ese mismo sello, podemos disfrutar asimismo de El viento que arrasa, de Selva Almada, otra joven escritora argentina de enorme talento.

viernes, 8 de enero de 2016

XIMO AZAGRA: "EL RELATO SUELE TENER UNA DENSIDAD E INTENSIDAD MAYORES QUE LA NOVELA"

Entrevista a Ximo Azagra publicada en Valencia Noticias el 17 de diciembre de 2015.
El Péndulo | Redacción.- ‘Arrepentimientos, incisiones, pigmentos e incógnitas’: sí, así de largo y enigmático es el título de esta inquietante colección de relatos. El libro apareció en marzo de 2015 y, tras presentarse en la Librería Ramon Llull, en la Feria del Libro de Valencia y en la galería de arte Imprevisual, se agotó rápidamente. Ahora Ediciones Contrabando acaba de poner en la calle una nueva reimpresión. Por ese motivo hablamos con su autor: Joaquín María Azagra CaroXimo Azagra para los amigos, un economista que ejerce actualmente como científico del CSIC en la UPV, a la par que escribe relatos y, de vez en cuando, dirige cortometrajes.
Conviene destacar, antes de iniciar la conversación, que el libro lleva un prólogo del escritor valenciano Vicente Muñoz Puelles, y que la ilustración de la cubierta es obra del pintor cordobés, afincado en Valencia, Miguel García Cano.
Joaquín María Azagra Caro es, además de economista, escritor y director de cortos.
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Joaquín María Azagra Caro es, además de economista, escritor y director de cortos.
Esta es tu primera compilación de relatos publicados. Esto implica una selección, hecha por ti, entre un conjunto más amplio de relatos ya escritos, alguno de los cuales fueron premiados. ¿Desde cuándo esta dedicación tuya al relato corto?
Desde niño, solo que de uvas a peras. Recuerdo haber ganado concursos en el instituto. Pero de forma más sistemática, diría que desde los veinticinco años.
La elección del relato como forma narrativa, ¿tiene algún significado especial para ti?
A diferencia de la poesía, en la que el autor sabe interpretar inmediatamente lo que quiere decir, la narrativa obliga al uso de máscaras que el propio autor debe interpretar. Eso establece un juego muy atractivo, porque a través de la reescritura se debe afinar el discurso. Además, el relato suele tener una densidad e intensidad mayores que la novela, lo que me hace sentir cómodo.
El cuento aún se concibe entre nosotros como algo que requiere menor esfuerzo y es más fácil y rápido de hacer que la novela. ¿Qué piensas de esto, crees que todo se reduce a un asunto de esfuerzo y comodidad?
Los escritores se decantan por lo que les surge con más espontaneidad: novela o relato. Son igualmente difíciles y, mientras se va por libre, cada uno hace lo que prefiere. Por qué los lectores prefieren la novela es otro cantar. Quizás porque les permita una lectura más fluida, comparada con una compilación de relatos, que requiere parar y volver a reubicarse con cada nuevo texto.
Arrepentimientos…, contiene cinco relatos, con una estructura muy definida de la que hablaremos después. ¿Cuál dirías que fue el criterio o los criterios principales que utilizaste para hacer esta selección en particular?
Su temática y sus referencias comunes. Tratan sobre la identidad, lo insustancial de la vida, los problemas de comunicación…, y beben de fuentes como la narrativa gótica, el relato fantástico surrealista, la corriente del existencialismo o la técnica del narrador no fiable.
El libro está configurado con una singular simetría. Hay dos relatos más largos al principio y al final y otro en el centro, un poco más corto: en los tres la pintura desempeña un papel central. Y entre estos tres hay dos relatos que tienen la forma de un diario. ¿En que sentido esta simetría es deudora de tu formación (y de tu trabajo) como científico? ¿O todo es casual?
El gusto por la estructura está por debajo tanto de la simetría del libro como de mi profesión de científico. Los tres relatos sobre pintores están más centrados en la relación entre el artista y el artesano; los dos relatos sobre diarios, en la metaliteratura. Intercalarlos en función de su temática y extensión estaba pensado para potenciar los toques de originalidad, enganchar y procurar evasión, a sabiendas de que también pido al lector que busque segundas lecturas.
Empecemos por el centro y no por la periferia. En el corazón del libro hay un rubí: el relato ‘Gracias a mí’. ¿Cuál dirías que es el núcleo temático de este cuento, que inquieta y estremece a la vez? ¿Nunca temiste que se malinterpretara la violencia que hay en él?
Es el relato que provoca las reacciones más opuestas: fascina o resulta repulsivo. En su germen estaba mi voluntad de tratar una temática social, como el maltrato de género, pero desde una óptica sobre la que resultara difícil posicionarse: la de un individuo que sufre. Un referente claro es ‘Lolita’ o, si me apuras, ‘La naranja mecánica’, trasladados al contexto del proceso de creación artística.
Ahora que mencionas ese contexto, el de la creación artística: ese un tema bastante recurrente de tu narrativa y, sin duda, un tema mayor de la mejor literatura de nuestros días. Pero no es fácil enhebrar en un relato una historia y ese tipo de reflexión. ¿Nos das la fórmula?
A una fórmula en literatura se le puede dar buen uso para hacer metaliteratura; para otros usos con aspiraciones creativas, mejor dejarse llevar. Para hablar sobre el proceso creativo, me ha servido el tema del conflicto entre artista y artesano, para el que tomo como referentes ‘Narciso y Golmundo’ o ‘El artista torturado’ en literatura, o ‘Amadeus’ y ‘Jennie’ en cine.
Portada del libro.
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Portada del libro.
El relato inicial, ‘El último óleo sobre lienzo de M.’, tiene una estructura diferente: hay muchas peripecias, múltiples personajes, un auténtico guión interior…, ¿Podríamos definirlo como un relato cinematográfico, algo que por otra parte lo vincularía a tu actividad como director de cortometrajes?
Ese relato es un intento de acercarme al manejo de elementos del superventas: suspense, retrato de los entresijos del poder y cierta recreación histórica con personajes acaso reales de por medio. De por sí, hay más acción y es algo cinematográfico. Pero la importancia del discurso interno en la evolución de los personajes y la aplicación de ciertas técnicas literarias alejan el relato del lenguaje del cine.
Los dos relatos que tienen la forma de diario indagan aspectos relacionados con la identidad y sus mutaciones, a la vez que nos muestran personajes obsesivos o al borde del desquicio. ¿Qué función desempeñan estos relatos en el conjunto del libro? ¿Son un contrapunto de los otros o tienen vínculos?
En estos dos relatos, los narradores, que son los supuestos autores de los diarios, dudan de si efectivamente lo son: a una le extraña que haya sucedido lo que está escrito, puesto que recuerda otra cosa; otro está convencido de que los diarios están siendo rescritos por otra persona. Se convierten, en definitiva, en narradores poco fiables. Y eso es, de un modo u otro, lo que también encuentra el lector en los relatos sobre pintura.
Arte y artesanía, artista y artesano. ¿El escritor debe compaginarlos u optar entre uno y otro? ¿Qué es para ti, en última instancia, el trabajo literario?
A muchos nos gusta repetir esa frase atribuida a Dalí de que la inspiración, mejor que nos pille trabajando. A veces me parece una florida manera de decir que cada uno hace lo que puede. La diferencia entre arte y artesanía solo se puede abordar bajo muchos supuestos simplificadores, que permitan darle tensión dramática. De lo contrario, es como perderse en un grabado de Escher y su juego de perspectivas imposibles.
Coppola dijo el otro día que el cine no sirve para cambiar el mundo. Si todo va a seguir igual, ¿para qué seguir escribiendo?
Fue cuando le concedieron un premio por su carrera, tras haberle recibido con la música de ‘El Padrino’, o sea, con algo que hizo hace más de cuarenta años, ¿verdad?
Sí, así es, y al parecer el mundo sigue en manos de los mismos gánsteres, creo que piensa. Si no cambiar el mundo, ¿la literatura nos permite conocerlo mejor?
Creer que se puede conocer el mundo implica que hay alguna realidad, y eso está por ver. Si te refieres a que la literatura nos puede dar alguna idea sobre lo observable, en efecto, puede ayudar a que nos sumemos a algún cuerpo aceptado de convenciones.
Tus relatos tienen una virtud innegable: dejan siempre un poso de inquietud en el lector. Colocar al lector ante sus dudas, sus incertidumbres, sus miedos… ¿es ese el sentido último de tu escritura?
Probablemente para mí lo sea, aunque el lector no tiene por qué quedarse con eso. También puede tomarlo como un momento de evasión, darle lecturas más amables o, por el contrario, más terribles que a las que le inducirían sus propias inquietudes.

lunes, 28 de diciembre de 2015

"EL HUMOR ES UNA DEFENSA", CONFIESA ENDARA EN ESPAÑA

Artículo de Pedro Crenes Castro, escritor panameño afincado en Madrid y colaborador en diversos medios y revistas literarias.. Publicado el 27 de septiembre de 2015 en el periódico Panamá América.



"Casa tomada", sería el nombre perfecto para lo que ocurrió el pasado jueves en Casa de América en Madrid, donde Ernesto Endara (Panamá, 1932), presentó su "Panamá split", obra que reúne sus "Pantalones cortos" y "Pantalones largos" en un solo volumen y que la editorial española "Contrabando" acaba de publicar. Literalmente, la Casa madrileña fue tomada por lectores y amigos del escritor panameño que desembarcó con el garbo y el verbo que le caracteriza.
Y este tono de crónica no hace más que enmarcar lo que es capaz de hacer Ernesto Endara, qué importante es llamarse así, con un puñado de su memoria: levantar un edificio de emociones que rompen con lo local para hacerse universales. Ernesto Endara a la pregunta sobre el humor en su obra como estrategia narrativa se detiene, echa un trago de agua para empujar la emoción. Se le hizo un nudo en la garganta, a él, tan aguerrido y viril, se le treparon hasta los ojos unas lágrimas que encierran una verdad: "el humor es una defensa", dijo, "hay pasajes muy tristes en esta obra".
Hay mucho que aprender de Ernesto, qué importante ese nombre. Por ejemplo, su vicio de leer. El panameño escribe porque lee mucho, como debe ser, dándoles una lección a los que por escribir sacrifican hasta la lectura. Más allá, otro vicio, el de la amistad. Ernesto Endara miraba a la audiencia y allí, en el salón Simón Bolívar, lleno hasta el fondo, le saltaban los amigos y él les hacía señas, contento de tenerlos cerca. En medio de una anécdota sobre un cuento suyo muy polémico en su día, y del que no se quería revelar el final, una voz le interpela: "cuenta el final de ese cuento, yo me lo sé". Era, ni más ni menos que Julio Zachrisson, "mi pasiero", me dijo luego Neco, y que nutre también las páginas de sus recuerdos
Ernesto Endara pone en pie un edificio, como dije, que haremos bien en visitar. Construye un escenario que parece mágico, un Panamá ardiente, digno, de billares propicios para la lectura, de colegios cerca del mar, de madres luchadoras, de amigos para siempre, un Panamá que no es cuento, que fue tan brillante que parece mentira y no lo es. "Amo mi ciudad", decía subrayando con un profundo amor sus palabras. Ante la desidia y el apego a otras urbes, "Panamá split" es un canto a la construcción de una memoria para todos los que nos queremos olvidar y una seducción de tinta y papel para los que quieren descubrir un Panamá espléndido.
El acto finalizó, como no podía ser de otra manera con vino y conversa. Ernesto estaba radiante, firmó ejemplares, habló con unos y con otros, le hicieron fotos. Disfruté viendo ese derroche de buen hacer, de panameñidad sin patrioterismos, de letras que conquistan esta tierra donde poco a poco nos vamos haciendo un espacio. El huracán "Neco Endara" no defraudó, hizo las delicias de todos y todos disfrutamos y recordamos a un tiempo, y qué cerquita me quedó Panamá por unos instantes, en la voz y el cariño de este caballero de las letras, de todas, de las de aquí y de las de allá.
Durante la Feria del Libro, Daniel Mordzinski, ese ser humano extraordinario y con unos ojos que ven y captan lo que los demás no podemos, expuso una foto de Ernesto Endara en la que se le ve hacer "sapitos" con piedrecitas sobre el mar. Al verla me emocioné al ver al niño que habita al hombre disfrutar en uno de los escenarios de la infancia, me emocionó como Daniel fue capaz de captar para siempre la escancia de una vida, su contenido. Veo a Perusín jugando en una de sus queridas playas y me aparto las lágrimas para seguir contemplando al niño, al hombre, al escritor que se ríe y decora las heridas con amistad, con amor, con letras. Qué importante es llamarse Ernesto, Ernesto Endara y poder serlo y poder compartirlo.

    miércoles, 11 de noviembre de 2015

    "MARERO", ÚLTIMA POLIFONÍA NARRATIVA DE JOSÉ LUIS MUÑOZ

    Entrevista al escritor realizada por José Vaccaro y publicada en la Revista Hispanoamericana de Cultura "Otro Lunes" en octubre de 2015



    José Luis Muñoz (Salamanca, 1951) es uno de los escritores españoles más prolíficos, versátiles y premiados del panorama literario español. Ha sido distinguido con los premios Tigre Juan, Azorín, La Sonrisa Vertical, Café Gijón, Ciudad de Badajoz, Ciudad de Carmona, Ignacio Aldecoa, Camilo José Cela, y es uno de los más importantes exponentes de la novela negra española. Ha impartido conferencias en las universidades de Bogotá, Granada y León, y colabora con artículos de opinión y críticas literarias y cinematográficas en diversos medios nacionales, hispanoamericanos, como Otro Lunes, o norteamericanos como Suburbano Miami. Publica “Marero” (Ediciones Contrabando, 2015) con el que está en plena promoción.
    Este es tu quinto libro de relatos y el que hace 39 de todo lo que ya has publicado. ¿Los vas dosificando entre tus novelas?

    Jose-Luis-Munoz-2-Especial-OtroLunes-38No especialmente, pero quiero poner en valor el relato, una pieza literaria de primer orden que se suele leer tal como se escribe, de un tirón. Existe una falsa creencia de que el relato, por tener menos páginas que una novela, es un género menor, más fácil. Totalmente falso. El relato exige una cuadratura y un perfeccionismo que no lo encontramos en la novela. En una novela puede existir algún momento de relajo, algún capítulo en que se baje el tono narrativo, incluso es conveniente antes de un crescendo. Eso no se puede dar en el relato. En pocas páginas, sin irte por las ramas, tienes que situar al lector, seducirlo y llevarlo a tu terreno.
    ¿Tienes algunos maestros en el mundo del relato que te hayan servido de guía?
    Mentiría si dijera que no. Julio Cortázar es uno de ellos. Julio Cortázar resultó determinante para mi carrera literaria cuando ni siquiera yo sabría que iba a tenerla. Lo leía con mucha pasión durante los años de universidad. Te estoy hablando de 1969, después del Mayo francés, que aquí llegó con retraso, y era una época muy convulsa a nivel de manifestaciones contra la dictadura de Franco, ocupaciones de clases y performances diversas en el plano cultural, con la esperanza de que algo iba a cambiar. Me recuerdo leyendo los cuentos de Cortázar en el patio de Letras de la Universidad Central y luego bosquejando, entre cerveza y cerveza, algún relato en las servilletas de papel del bar, que estaba en un subterráneo, porque en aquella época era un escritor compulsivo que escribía en cualquier cosa que tuviera a su alcance y en cualquier momento. De hecho, uno de esos relatos escritos en esa catacumba universitaria, nido de conspiraciones revolucionarias, está incluido en el libro “Marero” que acaba de editar la valenciana Ediciones Contrabando, “Revoloteos”, un asesinato de una mujer contado desde el punto de vista de una mosca, una pieza que ha sobrevivido a mis numerosas mudanzas de todos estos años y milagrosamente no se ha perdido. Aquel jovenzuelo con cola de caballo, camiseta raída, barba incipiente y profundamente introvertido que escribía ese relato, que además fue finalista del concurso de relatos Justo Vasco, gran escritor y amigo cubano ya desaparecido, de la asociación Novelpol, se habría sorprendido de verlo impreso. Además de Cortázar, me gusta mucho la matemática narrativa de Borges, siempre he admirado a Chejov y Carver es otro de los míos.
    Háblanos del relato que abre el libro y que le da nombre: “Marero”. Una narración larga y tensa, muy dialogada, que habla de esa violencia enquistada en América Latina y con el que obtuviste el prestigioso premio Ignacio Aldecoa en 2013.
    Consideré que ese tenía que ser el primero, y no porque fuera uno de mis preferidos, que también. “Marero” surgió de la lectura de un reportaje en El País Semanal, un trabajo periodístico magnífico que me impactó e inspiró. El tema de la violencia, especialmente el de ese rincón del mundo tan próximo por idioma y cultura, siempre me ha llamado la atención y lo he tratado en relatos y en novelas ya publicadas como “La caraqueña del Maní” o “El corazón de Yacaré”, entre otras. En él confronto a un periodista bisoño, un becario que explota el principal diario de Guatemala City, con el jefe de una de las peligrosas maras de la ciudad. Tras una primera parte narrativa, de mera pesquisa periodista para entrar en contacto con ese temible individuo, tiene lugar la entrevista y allí, en el diálogo, se produce la escalada del horror y el marero explica, y lo hace a mí mismo, su proceder que es resultado de una falta de empatía absoluta con el género humano. Los mareros son guerreros despiadados que yerran sistemáticamente a la hora de dirigir su furia destructora porque no son capaces de hacer un análisis político de su situación. Como indicativo de lo que está sucediendo, muchos de los jóvenes que abrazaron con pasión la causa sandinista en Nicaragua han derivado, frustrados, al mundo de la delincuencia. En Guatemala y Honduras, países por dónde más campan esas bandas, nunca tuvieron un compromiso político, se matan entre ellos, en rituales de lucha, o matan a cualquier hijo de vecino que tenga la mala suerte der cruzarse en su camino.
    Hay en el libro una serie de relatos fantásticos que, si me lo permites, yo calificaría de cortazarianos.
    Sin duda. “Calle cortada” es uno de ellos, y relata una situación absurda vivida por mí mismo, porque lo que nos pasa es siempre fuente de inspiración. Me cortaron, un verano, la calle en dónde vivía en la ciudad de Granada; el ruido que hacían los obreros era sencillamente espantoso, tanto como el polvo que entraba por la gran ventana enrejada.  Era, además, extraordinariamente peligroso salir de casa porque al lado de la puerta había un enorme socavón. Esa situación kafkiana y delirante la ficcioné, pero sin demasiados apuntes imaginados. De esa situación arranca también una novela de terror que escribí en su día, “La invasión de los fotofóbicos” (Atanor Ediciones, 2012). “Fumadores clandestinos”, otro relato fantástico escrito en la segunda persona del singular, resulta premonitorio de toda esta histeria, a mi juicio desmesurada, contra el tabaquismo y los enganchados al pitillo, y la resuelvo con rasgos de humor, con un enganchado al tabaco que experimenta un placer absoluto, casi sexual, con los pitillos por el hecho de estar prohibidos. “Vuelo a Orly”, otro relato que va en esa línea, funciona como exorcismo, algo que hago con frecuencia para no gastarme dinero y explicar mi vida a un psiquiatra tumbado en un diván. Tenía que volar a Estados Unidos y se acababa de perder un vuelo transoceánico que cayó a una sima del Atlántico de 4.000 metros de profundidad. Escribí sobre ese accidente, sobre un pasajero de ese vuelo, precisamente para combatir mi terror, y salió un relato profundamente turbador y abierto que es uno de mis preferidos de este libro. 
    También hay lugar para los deportes espectáculo: el boxeo, los toros, el fútbol. Háblanos de la génesis de esos relatos.
    Jose-Luis-Munoz-3-Especial-OtroLunes-38El mundo del boxeo siempre es muy turbio y uno lo asocia al género negro. “Cristal en la mandíbula” habla de un tongo que no acepta un boxeador íntegro. Mi personaje, un negro bravucón, tiene mucho de rebelde. Y es consciente de en dónde se mete con su rebeldía. Pero, pese a todo, sigue adelante. El boxeo es un deporte, hijo de la lucha de gladiadores, que me fascina pese a su brutalidad. Me habría gustado practicarlo porque tiene mucho que ver con el ballet. Un ballet entre machos sudados y brutales que cruzan sus guantes y se machacan en un escenario que es el ring. Los únicos puñetazos que he parado, sin tener mucha técnica, fueron precisamente hace un año, en Praga, para hacer frente a un taxista matón: conseguí que no me partiera la nariz. De ese relato me gusta la atmósfera turbia, lo veo en blanco y negro, con humo por medio. Y ahí está el cine, claro, mi debilidad por “Toro salvaje” de Martin Scorsese. El de los toros, “La última corrida”, que recibió un premio literario y tiene título ambivalente (última corrida en un lecho tórrido con una mantis que quita el hipo, y la de la plaza de toros) conjuga lo erótico y lo fantástico en ese ritual de muerte que es la corrida de toros a las que yo era muy aficionado a los 17 y 18 años, hasta el punto de no perderme una sola en la plaza Monumental de Barcelona. Era forofo de Diego Puerta, El Viti, Ordoñez, Paco Camino, Chamaco, toreros míticos que levantaban la tarde. Así que estaba hablando en el relato de un mundo que me había fascinado en el pasado y utilizo el tópico de la mujer racial, todo pasión, que muy bien podría encarnar Ava Gardner con su fijación por los toreros. Más complicado es “El partido en Haití”, porque el fútbol y la pasión que suscita me son ajenos por completo. Creo que lo escribí para concursar en un certamen que exigía que el relato versara sobre el mundo futbolístico. Metí mucho humor en él, me inventé un misterioso partido que jugó el C.F. Barcelona en Haití y lo crucé con rituales vudú.
    Uno de los relatos, “Beso de sangre”, tiene como protagonista a un actor de teatro seducido por el autor de la obra que interpreta. Una historia negra con ribetes homosexuales.
    Me apetecía escribir una historia negra y sangrienta con homosexuales por medio. Tomé como lejana referencia a una antigua pareja de amigos y los metí en el mundo de la interpretación. La historia del actor que lo deja todo para seguir a su autor, que se ha encaprichado de él, es más personal de lo que parece. En un momento reciente de mi vida yo dejé todo para seguir también a determinada persona. Cuando el protagonista del relato entra en decadencia y recapitula sobre lo que ha dejado por seguir al autor teatral que juega literalmente con él, lo desprecia y humilla, se produce una catarsis. Solemos culpar a los otros de nuestras acciones, y estamos equivocados.
    Hay un relato, “Oscuro despertar”, de un erotismo suave que contrasta con la brutalidad, por ejemplo, de “La esclava” o “Robinson”, que rayan lo pornográfico.
    Los tres fueron escritos en una misma época, justamente después de ganar el premio La Sonrisa Vertical con “Pubis de vello rojo”. Son muy distintos, en efecto. “Oscuro despertar” es más light, porque me lo pidió la revista Interviú para una serie titulada Literaturas Galantes que ilustraba con fotos de chicas desnudas. Es un relato veladamente autobiográfico que arranca de una jornada etílica en Valencia acompañado de grandes bebedores como Juan Madrid, Ricardo Muñoz Suay, Silverio Cañada (que era mi editor y acababa de publicarme “El cadáver bajo el jardín” y “Barcelona Negra”, motivo de mi presencia en la ciudad del Turia); Raúl Núñez, un escritor argentino que murió muy joven, tras una vida desordenada y al límite de escritor maldito, a quien dediqué a título póstumo mi novela “Tu corazón, Idoia”, en el que tiene un cameo; el librero Paco Camarasa que acaba de echar el cierre a su Negra y Criminal; Ferrán Torrent y dos chicas que pululaban mientras íbamos dando cuenta de todas las botellas del bar. Lo escribí en el hotel, despertando de la resaca. En “Robinsón” quería dar un giro perverso a la apacible figura de Daniel Defoe. ¿Qué hubiera pasado si llegara a su isla una hermosísima mujer salida de las aguas? Mi Robinsón, que es moderno, vive en Brooklyn y lleva años muerto de asco en esa isla, se deja llevar por los instintos más primarios, y eso era condición sine qua non para que se publicara en la revista Penthouse en la que estuve colaborando durante quince años. “La esclava”, también aparecido en la revista Penthouse, es uno de mis relatos más salvajes, una explosión de erotismo y sangre, una versión gore muy anterior a la película de Steve McQueen “Doce años de esclavitud”, que estuve a punto de apear del conjunto o censurar, pero no soy de los que se autocensuran, así es que lo mantuve en el conjunto a pesar de su incorrección política, precisamente por eso.
    El incendio del edificio Windsor está presente en un relato de pirómanos titulado “Llamas de pasión”. ¿Qué te llamó la atención de ese acontecimiento?
    Jose-Luis-Munoz-4-Especial-OtroLunes-38Fue un juego que nos propuso mi amiga y productora de cine Verónica Vila-Sanjuan, a quien dedico “Fumadores clandestinos” por si consigue desengancharse del vicio del tabaco, en el que desafió a un grupo de escritores amigos (Andreu Martín, Fernando Marías, Mariano Sánchez Soler…) a escribir sobre el tema y esas dichosas sombras que se veían entre las llamas del edificio. Mi apuesta se dirigió a una pareja de pirómanos a los que el fuego les ponía. Los hice entrar en el edifico en llamas y hacer el amor sobre una de las mesas de los despachos abandonados.
    Hay un relato, “Sed negra”, con claras referencias a “Mad Max” que no se ocultan.
    Sí. Me llama mucho la atención la distopía. Hace dos años publiqué una novela distópica, “Ciudad en llamas” (Neverland, 2013), que habla de una Barcelona del futuro todavía más caótica que la de “Barcelona negra” (Júcar, 1987), mi segunda novela con la que gané el premio Azorín. Lo escribí para un concurso de relatos y la condición era que tenía que estar ambientado en los Monegros. Esa zona devastada de Zaragoza, ahora ya no tanto, es un territorio distópico en el que no tienes que hacer muchos cambios. Lo situé en una época de sequía de combustibles y de agua, con un río Ebro convertido en un curso de petróleo por las prospecciones descontroladas. Hay humor negro en el relato, junto a mucha brutalidad.
    ¿Qué me dices de “El caso del violador recalcitrante”?
    Bueno, ese es una humorada profundamente y deliberadamente incorrecta que conduce una investigación policial hacia el mundo del porno. El calibre de un miembro viril, que desgarra una serie de vaginas femeninas, guía al investigador Jodeski y a su ayudante tartamudo por una senda demencial. El relato es una completa gamberrada con el que me divertí un montón y espero que sea contagioso y se ría conmigo el que lo lea.
    ¿Por qué Bulgaria en “Última cena en Sofía”?
    Buena pregunta teniendo en cuenta de que nunca he estado en Bulgaria. Es un relato tuneado. Estaba ambientado originariamente en Nueva York e inspirado en un suceso del que yo era actor. Habla de lo peligrosas que pueden ser las relaciones por las redes sociales, concretamente por Facebook. Una fan literaria, a la que no conocía de nada, me invitó con mi pareja a un restaurante neoyorquino en uno de mis viajes a la Gran Manzana. Cuando nos presentó a su novio albanokosovar, que conducía un Hummer, se nos cambió la cara. No pasó nada, porque la pareja era simpática y agradable, pero pudo pasar de todo. Mi amigo Jota, el editor de Neverland con quien había publicado el libro de relatos “La mujer ígnea” y “Ciudad en llamas”, me pidió un relato para un volumen colectivo en el que participaba Eugenia Rico y tú, entre otros. Cambié de ciudad y se lo envié.
    No puede faltar en ese conjunto variopinto de diecinueve relatos ese pequeño homenaje a Conan Doyle.
    Sí, es un micro leve, apenas un par de páginas, que además me permite que lo lea en las presentaciones. Adopto un estilo muy british con el que a veces me gusta jugar en mi literatura. Me interesa mucho el cine de época, y, concretamente, el victoriano. Cuando era un chico leía mucho a Conan Doyle, pero también a Chesterton, que me gustaba más que Conan Doyle, y a Edgar Wallace además de Agatha Christie, que nunca me acabó de entrar por la manía de convertir en asesinos a los mayordomos. Pero creí que en ese relato tenía que estar presente la pareja Holmes/Watson y disfruté con ello.
    Hay un relato terrible, muy canónico, que es cien por cien negro y que se llama “Fase terminal”.
    Es una de las piezas más duras, junto a “Marero”, de todo el conjunto. Recreo un hecho real que fue muy mediático en su momento. Un sicario muy peligroso tiroteó a un expolicía que regentaba un bar. Curiosamente ese sicario realizó luego una serie de atracos, entre otros a una entidad bancaria en la que trabajaba una amiga mía que fue víctima de un secuestro exprés por parte del delincuente. El policía malherido era un mafioso muy peligroso y un asesino tan meticuloso que la justicia no pudo condenarle por falta de pruebas. Se hizo justicia por un método muy heterodoxo: el sicario que se vengaba de una antigua afrenta carcelaria. El castigo fue terrible.
    Jose-Luis-Munoz-5-Especial-OtroLunes-38La recopilación, variada genéricamente, la cierras con una historia de vampiros, “El último inquilino”, que es el relato más largo, casi una novela corta, y en el que creo que el cinéfilo puede descubrir influencia del cine de Polanski. Es, además, una narración muy romántica que contrasta con la dureza de piezas que la preceden.
    Muchas veces las mejores obras son fruto de un encargo. Fernando Marías me pidió un relato de fantasmas y amores para uno de los libros que edita con esmero en Ediciones Imagine y en los que es un verdadero lujo participar: “Shukran. Espectros, zombis y otros enamorados” al que fuimos invitados Vicente Molina Foix, Juan Ramón Bienda, Jon Bilbao, Luisa Castro, Eugenia Rico, Ignacio del Valle y otros escritores. Cuando me hizo el encargo enseguida eché mano de mi memoria y me acordé de dos viejas casas del Ensanche barcelonés que estuve a punto de comprar en época de bonanza económica. Me eché atrás en la compra, precisamente, por la historia que intuía en ellas según las recorría con la empleada de la inmobiliaria. Una tenía pasillos interminables y oscuros y los inquilinos del inmueble eran muy viejecitos, con lo que pronto me iba a quedar solo en esa inmensa vivienda. En la bañera con patas de la otra creí descubrir una mancha de sangre. El anterior inquilino se ha suicidado, me dije. Con ese escenario mixto, un portero muy peculiar que tuve en un piso de Barcelona, deforme y jorobado, una muchacha bretona que conocí en el Valle de Arán y un alter ego escritor que crucé con un antiguo amigo ruso, surgió esta historia delirante, mágica y romántica que creo pone un broche muy digno al conjunto de los relatos. No es que el relato sea polanskiano, aunque el título remita a “El quimérico inquilino”, sino que esa casa, esos pasillos, esos cuadros, esa escalera, esos vecinos, eran puro Polanski, uno de mis directores de cine de cabecera. Ese relato es de mis preferidos, y por eso lo reservo para el final.
    ¿Y ahora qué? ¿Cuáles son tus próximos proyectos?
    Estoy inmerso en la promoción de “Marero”. Se presentó en la pasada Semana Negra de Gijón, que es un escaparate de lujo, y estuvo de forma muy destacada en el festival de Matarranya Negra en el que colaboro con Octavi Serret y Xavier Borrell. Ahora lo voy a pasear por el sur, por Málaga, Fuengirola, Granada, para terminar en San Roque Negro, en donde se representará una versión teatral de “Marero”, y esa promoción se cruza con otra por Francia para presentar allí “La Frontiére Sud”, mi mejor novela negra, sin duda, editada por Actes Sud en su prestigiosa colección Actes Noirs y con la que voy a estar presente en el festival de Lisle Noir el 25, 26 y 27 de septiembre en Lisle Sur Tarn invitado por mis queridos amigos Claude e Ida Mesplede. Luego presentación en Madrid, Barcelona, Noviembre Negro en Sagunto y la ciudad de Valencia. Y espero el invierno y el aislamiento de la nieve en el Valle de Arán para dedicarme a “Brother”, mi novela negra sobre Alaska que está sufriendo un montón de interrupciones en su escritura.